EL ROL DEL PSICÓLOGO EN LA CÁRCEL-

Actividad producto del intercambio entre alumnos del C.U.D. y alumnos de la Facultad de Derecho U.B.A. Este lunes 15/11 a las 17:00 Hs. Todos al Palacio de Justicia para ponerle fin a la violencia del Servicio Penitenciario Federal contra la universidad pública.




EL ROL DEL PSICÓLOGO EN LA CÁRCEL-


El tipo se siente mal.


A la angustia implícita en la situación de encierro se le agregan un montón de dolores que no puede reconocer del todo, o mejor dicho, que no puede reconocer en absoluto.

Lleva poco menos de dos años encerrado, ya perdió casi toda relación con sus afectos previos.

Da unas vueltas sobre su dolor

gira en espiral

en elipse

gira como puede alrededor de su angustia

y se asoma al borde de su oscuridad particular cada vez que la almohada lo interpela.

Cada vez que el espejo se le ríe

en la cara.

Entonces decide pedir ayuda y escribe una nota pidiendo un turno con la psicóloga (es así, no se han visto psicólogos por aquí en todos estos años) o con el psiquiatra (casi no hay psiquiatras mujeres en las cárceles).

El psiquiatra, por regla general, tiende a pensar que quien lo busca como paciente, en realidad está interesado en conseguir pastillas. En consecuencia, agiliza el trámite perguntándote antes que nada si tomabas alguna de ellas antes de ser detenido y, le contestes lo que le contestes, te surte de lo que haya en stock.

Generalmente Alplax o algo de ese orden.

No hablan con los pacientes casi nada más que lo referido a esto.

De cada entrevista ambos –paciente y médico- salen, sino conformes o satisfechos, al menos con el objetivo cumplido: El preso con sus bártulos, que si no le alivian la angustia al menos lo dejarán dormir gran parte de la noche durante un tiempo. El doctor penitenciario, con un renglón completado más en su cuadernillo de consultas.

La psicóloga tiene una rutina más complicada.

En principio, es más difícil conseguir turno con ella que con el psiquiatra. Creo que es porque estas entrevistas implican el intercambio de palabras, el diálogo. Y ya se sabe lo peligroso que esto se considera en las instituciones que basan su sentido de ser en el control y la disciplina. Además, ella no puede hacer recetas; por tanto, no es tan funcional al orden de las cosas.

Así que el trabajo de la psicóloga se ve boicoteado desde el vamos por el mecanismo burocrático penitenciario en cuanto a la accesibilidad.

Otro recurso para el boicot es que la frecuencia de las entrevistas nunca es menor a la quincenal. Hasta donde pude averiguar esto es así por decisión reglamentaria.

Después, las entrevistas (y aquí hablo de la cárcel de Villa Devoto solamente, hay lugares de condiciones peores aún) se desarrollan en un espacio digamos de cinco por cuatro metros, compartido con el oculista y sus pacientes, la asistente social y sus entrevistados, el criminólogo y sus entrevistados, y eventualmente un guardián a la prudencial distancia de dos metros, equidistante de todos ellos.

Todo el mundo está escuchando a todo el mundo y por supuesto el único que registra sistemática y metódicamente lo importante de cada discurso es el guardián.

Tiene algo de panóptico de los sonidos.

Es decir, en cuanto al ejercicio de la clínica psicoanalítica, la profesional debe soportar condiciones pésimas de trabajo.

Por otra parte está el asunto no menor de su incorporación a la institución penitenciaria en términos de escalafón y demás.

Como el SPF es una organización de tipo militar, los profesionales (psicólogas/os, médicos de cualquier especialidad, sociólogos, trabajadoras/es sociales, docentes de primaria, etc) no pueden sino verse atravesados por los modos de relación, los usos y las costumbres del cuartel.

Al mismo tiempo, al ser una institución con estructura piramidal ocupan un lugar dentro de ésta, siempre con alguien debajo y otro por sobre de ellos en términos de obediencia. Literalmente una cadena de mandos.

Así, la realidad muestra que muchas/os profesionales que comenzaron a trabajar en el Servicio Penitenciario Federal con la ilusión de modificar en algo ciertas condiciones de atención a los detenidos, de contención, de alivio a la angustia, en todo caso con las mejores intenciones, terminan o bien renunciando agotados por la frustración y la impotencia, o bien asimilados al sistema que, en su exquisita perversidad les brinda una de las más eficientes obras sociales, buenos sueldos, buenos horarios y la posibilidad de tener uno o más trabajos además de este.

No siempre los detenidos podemos ver más allá de lo manifiesto en esta cuestión. De allí que para muchos la psicóloga y el psiquiatra no sean distintos al uniformado que porta garrote y casco.

A veces los años de recorrer los pasillos del encierro, o el interés por lo subyacente en la mirada y el discurso de las personas o todo esto junto, nos permite entender –hasta donde nos permite nuestra angustia- que el de guardapolvo que tenemos enfrente no es menos infeliz que uno mismo, y que a su manera, carga también con su oscuridad particular.

El tema no puede darse por cerrado. Aquí tenemos todavía mucho que agregar pero hoy los tiempos no dan. En pocos minutos me debo reintegrar al pabellón, así que te propongo seguir mañana.

Un abrazo.

Rodolfo.

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